EMOCIONES Y CORONAVIRUS

Hace días que veo muchas cosas en las redes sobre cómo gestionar el confinamiento y se están multiplicando los consejos y opiniones sobre cómo podemos gestionar las emociones delante de la nueva situación. Desde mi manera de entender las cosas, nos estamos precipitando i sobrepasando.

¿Por qué? Primero porque desconocemos la situación personal de cada uno. El coronavirus nos ha puesto a todos/as en una situación totalmente nueva y, como siempre, una misma realidad social afecta de manera distinta a nivel individual.

Hay quin ha perdido un familiar y está iniciando un proceso de duelo, hay quien está pendiente de perder el trabajo, hay quien hace malabares para trabajar y convivir con sus criaturas, hay quien está afectado/a por un ERTE, quien lucha a primera línea cada día y está viendo la cara más dura de la situación, hay quien disfruta de esta situación de confinamiento familiar y se replantea lo que realmente es importante y también hay quien vive un auténtico calvario porque la tensión con las personas con qui convive cada día es mayor, hay autónomos que no saben si sobrevivirán a la crisis y también hay quien lo vive de lejos porque puede seguir teletrabajando sin problemas y no tiene familiares ni personas conocidas afectadas.

Por lo tanto, delante de una misma realidad, tenemos situaciones muy distinta. Y las situaciones muy distintas, conllevan emociones muy distintas.

Tenemos una tendencia bastante negativa en cuestión de emociones que es dar opinión o consejos sobre como deberías sentirte, intentando relativizar y reprimiendo emociones bajo el paradigma del “no pasa nada” o “no llores” que en estos momentos hemos sustituido por “todo saldrá bien”. Ojalá esta pausa a la que nos obliga el coronavirus nos sirva a todos para empezar a mirar más hacia dentro y entender que quizás no todo saldrá como nosotros pretendemos y así empezar a gestionar y aceptar la incertidumbre que vivimos. Las redes y la TV están llenas de notícias cargadas de tristeza. Una tristeza banalizada porque hemos llegado al punto de hablar de muertos como si fueran únicamente estadísticas y no personas.

Detrás de cada muerto hay una persona y una familia. Pero, por otro lado, las mismas redes y la TV nos llenan de anuncios sobre como adaptarse y gestionar el confinamiento: centrarse en el día a día e intentar no pensar en el futuro, hacer deporta para sentirse bien con uno mismo/a, mantener un ritmo/horario para que el sueño no se vea afectado, mantenernos activos, cuidar la alimentación, etc.

No estoy en desacuerdo con estas orientaciones pero debemos tener presente dos cosas: la primera, que cualquier adaptación a una situación nueva y desconcertante como la que vivimos implica un proceso personal lento donde aparecerán días de emociones intensas. No son cuatro días precisamente porque estamos delante de una situación larga. Y la segunda es que cada uno vive su realidad en función de unas características determinadas. Gestionamos las emociones en función del éxito o el fracaso que atribuimos a nuestras experiencias pasadas, al autoestima que tenemos actualmente, a la capacidad que creemos que tenemos delante las adversidades y a la validez que damos a lo que sentimos. Y pienso, sinceramente, que el quid de la cuestión es este: validar. Entender que es totalmente normal sentir lo que sentimos y no tener prisa en cambiarlo. Todas las orientaciones que he visto hasta el momento van encarada a que las personas mantengamos nuestra salud mental y no nos descontrolemos.

Y la emoción es movimiento y, a veces, puede ser descontrol porque lo que nosotros podemos controlar es la reacción que tenemos a las emociones pero no podemos controlar sentir una cosa u otra.

Me explico: no podemos pretender que una persona que acaba de iniciar un proceso de duelo se centre únicamente en el presente. Un proceso de duelo es largo y dura prácticamente un año y, precisamente, irá mirando atrás para recordar la persona que ha perdidos, igual que mirará para adelanta y de descolocará por la incertidumbre de no tenerla más en el futuro. Y es sanísimo que pase por la rabia, por la tristeza, por el miedo y por la alegría en todas sus manifestaciones.

Una persona que esté teletrabajando en casa y lo haga con criaturas alrededor probablemente tenga momentos de todo. Y es sanísimo tener momentos de todo. Primero, deberá adaptarse a la nueva realidad del trabajo y esto comportará más tiempo o menos en función de cada uno. Y en segundo lugar, tendrá que adaptarse a realizar su trabajo con niños y niñas que reclaman su atención porque la necesitan. Habrá días en que la alegría de estar en casa con los suyos será inmensa y habrá días que la situación de exigencia i estrés será gigante. Y la incertidumbre también aparecerá porque se puede tener el trabajo garantizado pero cuando tenga que volver a trabajar presencialmente, las escuelas estén cerradas y los nietos no se puedan quedar con los abuelos y abuelas, ¿se podrá seguir trabajando?. La incertidumbre provoca miedo y el miedo es totalmente natural.

Una persona que esté en el ámbito sanitario luchando a primera línea cada día gestiona todas las emociones y las vive con más intensidad por la posición en la que se encuentra. El miedo de infectarse y de infectar a los seres queridos, la rabia y la desesperación de ver como el virus afecta a tantísima gente y hay tan pocas soluciones, la decepción y la tristeza de no haber podido hacer más, la alegría cuando alguien ser recupera y la satisfacción de saber que se ha colaborado en esta recuperación, la indignación por tener que trabajar en condiciones precarias, la gratitud por la valoración social que está obteniendo y a la vez la incomprensión de actitudes irresponsables e incívicas.

Todos los procesos de cambio requieren un tiempo que será más largo o más corto en función de cada persona. Pero en un proceso de cambio normal (cambio de trabajo, de piso, de residencia, etc.) hay una red social estable alrededor que, aunque no se llegue a usar, el hecho de saber que está mitiga la incertidumbre. Hoy nos encontramos delante de una situación desconocida y de cambio social. Y va para largo precisamente por esto, porque es un cambio y requiere tiempo para adaptarnos y para encontrar, entre todos y todas, nuevas maneras de organización y de producción.

Hemos estado viviendo hasta hace dos meses en una sociedad enferma de estrés y nos han obligado a parar. Planteémonos por qué y como podemos salir de aquí.

Validemos lo que sentimos y aceptemos que es normal la tristeza a ratos, la euforia o la alegría a otros ratos, el miedo, el desconcierto y la rabia por la situación personal y social que vivimos. Validar lo que sentimos nos hace más libres porque nos libera de exigencias propias, nos acerca a nosotros mismos y nos obliga a parar y a escucharnos. Nos obliga a no tener que sustituir esta emoción, a no tener que poner buena cara cuando no la hacemos. Y nos hace madurar emocionalmente.

Lo que vimos el primer día de salida de los niños y niñas no es madurez emocional. Los niños y niñas podían saliar con el padre omadre y las calles se llenaron de familias que no respetaban las medidas indicadas. Los padres y madres debemos ser los referentes, somos el ejemplo. Y cuando el ejemplo aprovecha cualquier opción para salir porque necesita una gratificación inmediata es porque la madurez emocional está lejos todavía y necesitamos suplir emociones.

Ojalá que el coronavirus nos aporte conciencia, validez emocional, personal y respeto hacia los propios tiempos de adaptación.

Laura Bernà