PARA TODA LA VIDA

Recuerdo la sensación que algunos días me invadía en el primer embarazo. Era una sensación de miedo y de desconcierto, especialmente hacia el último trimestre. De vez en cuando pensaba “esto es para toda la vida, ahora ya no hay vuelta atrás”. Y cuando te planteabas que tener un hijo/a era para siempre y que esto significaba dejar de tener tu espacio y tiempo y pasar a invertir tus horas en cuidar a otra persona, terminabas pensando “¿en qué me he metido?”. Y ahora que el segundo parto es prácticamente inminente, me vuelve a pasar. Florecen los miedos sobre si tendré suficientes manos, suficiente tiempo y vienen todos los recuerdos de las primeras noches sin dormir, el cansancio postparto, las hormonas, el entorno, etc.

Pero es una sensación transitoria, momentánea, que solo anuncia que algo muy positivo está a punto de suceder. Es aquella sensación de miedo agradable que te informa que el cambio que ahora llega será un cambio de dimensión. Un cambio tan grande que hace que te replantees todas las cosas en función de estas pequeñas personitas que han decidido tenerte como madre y que hacen que el miedo se transforme y te transforme. El miedo de que esto sea para toda la vida pasa a ser un miedo totalmente antagónico. De repente, sufres por si no es para toda la vida. Porque que no sea para toda la vida es lo único que no sabes si soportarías. Ahora, miras a tu hijo como corre, como juega, como crece, como comes y incluso como chilla y se enfada y piensas en la grandiosa suerte que tienes. Y deseas con todas tus fuerzas que así sea para toda la vida y que esta sea muy larga para poder disfrutarlo.